Por: Andrés Felipe Santacruz Velasco -Programa Editorial Univalle-
Estamos en Renovación de la Acreditación Institucional de Alta Calidad y comenzamos esta serie de artículos que dan cuenta del por qué en Univalle: ¡Vamos a lograrla!
Marco Antonio, decidido a conquistar a una Cleopatra, quiso deslumbrarla con un portentoso regalo, pero la ambiciosa faraona no era fácil de sorprender. Ni joyas, ni grandes banquetes, ni piedras preciosas encenderían ese brillo en sus ojos, porque de tanto brillar entre riquezas ya se opacaban de aburrimiento. Entonces, Marco Antonio, sabiendo el verdadero tesoro que alojaba la ciudad de Alejandría, puso a sus pies doscientos mil libros para la gran biblioteca y –dice Vallejo– “en Alejandría los libros eran combustible para las pasiones.”1… y lo son. Y las pasiones están íntimamente unidas al intelecto cuando de crear, descubrir e inventar se trata. Y cada libro contiene entre sus páginas y sus líneas el repositorio de las pasiones unidas al pensamiento. Pero eso es en lo que concierne a quien escribe, porque entre todo escritor y su libro hay un intermediario que pone también su pensamiento al servicio de las letras y el buen decir: el editor y la editorial.
Para eso están las editoriales, para enriquecer los textos con una lectura mesurada y sesuda, para limpiar de desatinos o impurezas del estilo las líneas que el escritor, en medio de su marea mental, dejó escritas. Pero también para darle forma al libro, para ponerle una imagen en su carátula, para cuidar las formalidades que exigen las normas de toda publicación. Borges imaginó una biblioteca de Babel infinita, llamada también ‘Universo’, donde discurrían sabios trashumantes en sus incesantes pesquisas, eruditos, buscadores de conocimiento, que en su eterna búsqueda nunca tenían oportunidad de leer. Una colección inconmensurable como el universo mismo o los muchos universos, donde cabía todo el conocimiento, todas las letras del alfabeto y todos los signos de puntuación. Algo así pretendieron Alejandro y Ptolomeo con Alejandría. Poner en ella el conocimiento todo en todos los libros, para poseer el mundo de forma pacífica, simbólica y mental. Eso cautivó a Cleopatra, no el brillo de las joyas, sino el del conocimiento. Por eso la pérdida de la Biblioteca de Alejandría fue tan sensible para el mundo, que devolvió a la humanidad a cientos o miles de años atrás.
Y una vez surgieron las universidades, con la primera conocida como fue la de Al Qarawiyyin, en el año 859 en Marruecos, el conocimiento se guardó con recelo en los anaqueles de las bibliotecas. Así mismo en Europa con el nacimiento de la universidad de Bolognia, 200 años después, en 1088. O en los monasterios europeos, donde los escribas empleaban largas horas en el scriptorium, con su cabeza enterrada garrapateando letra por letra para dar forma a grandes volúmenes. Hoy, ese camino se facilita. Las nuevas tecnologías de siglos y siglos después posibilitan el cumplimiento de esa labor de meses o años, en unas horas. Pero ahí están hoy los editores, los correctores de estilo, los diagramadores, los diseñadores, los impresores, entre otros, construyendo ese artefacto que contiene una ínfima parte del conocimiento todo y la memoria de los pueblos, el libro.
Y claro, la Universidad del Valle en sus inicios producía alrededor de cinco libros anuales como máximo, pero para el día de hoy, 75 años después de fundada, produce cerca de 120 títulos, lo cual es una suma nada despreciable, teniendo en cuenta además la calidad académica y el reconocimiento que conlleva cada publicación gracias al prestigio de la institución. Y es que el prestigio –asegura Francisco Leon Ramírez, director del programa editorial UV– es un tema clave...
“… porque cuando profesores de otras universidades dicen: ‘una de las editoriales que consideramos de prestigio es la de la Universidad del Valle’, está diciendo que la Universidad del Valle, ¡no la editorial sino la universidad!, tiene unos procesos de producción intelectual, en donde el rigor científico es esencial. Y al decir que tiene prestigio es que lo que, en cierta forma, la Universidad del Valle publique, son contenidos que son fundamentales a nivel profesional o científico.”
¿Y qué tiene de especial esta editorial? Bueno, en un intento por destacarla, se podrían mencionar múltiples aspectos, pero qué más especial que dedicarse a divulgar el conocimiento producido en un recinto donde estudian y buscan -como los sabios trashumantes de la biblioteca de Babel- rigurosos investigadores que se vuelven referentes nacionales e internacionales. Claro, las menciones de reconocimientos y participaciones exitosas son alimento para su prestigio, pero cuando uno le pregunta a Ramírez por ello, parece trastabillar frente a esa idea del reconocimiento, remitiéndose más bien a su carácter misional. No sabe si llamar logros a esos momentos en que se le nombra con honores aquí, allá y acullá. Y es que las editoriales académicas no son cosas de estrellatos, porque lo verdaderamente importante descansa en otros ámbitos que trascienden lo comercial y se instalan en lo simbólico y lo cultural. En eso, Alejandro Magno tenía razón: inventarse otros símbolos, desplazar el epicentro cultural a una ciudad nueva, con poca historia aún y toda una memoria por construir.
Por eso, porque su motivación no es tanto comercial, es que -dice Ramírez- el interés de las editoriales académicas no descansa tanto sobre el prestigio de los autores, sino sobre el de la institución y la comunidad académica que produce los contenidos. Por eso la editorial de la Universidad del Valle publica libros en gran diversidad de áreas y de gran diversidad de autores, independientemente de que sean o no reconocidos en los circuitos comerciales. Por ejemplo, textos de autores indígenas o palenqueros que normalmente no encuentran nicho en otras editoriales o incluso partituras musicales que son consultadas a nivel latinoamericano, una de las curiosidades que hacen peculiar esta empresa.
Y es que –cuenta el director Ramírez, pausado, con la cabeza gacha enterrada en sus pensamientos y sin ningún atisbo de soberbia- que la editorial de Univalle participa en las ferias más importantes del mundo, como la de Frankfurt, que históricamente ha sido la más grande del globo y está especializada en divulgación de contenidos. O la de Guadalajara, que este año superó a la anterior y en la cual Univalle tuvo el estante con mayor cantidad de títulos. También en la de Madrid y en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que por la pandemia este año no se llevó a cabo. Pero así mismo en la de Medellín, la de Santa Marta y claro, como no, en la Feria Internacional del Libro de Cali, FILCALI, de la cual es una de las principales promotoras. Es más, la Feria del Libro nació en Univalle y se realizó durante trece años en su campus, pero con los años y sus éxitos, se convirtió en un evento de ciudad y se lanzó a las calles. Este aspecto pone a la Universidad del Valle en calidad de institución promotora de cultura en la ciudad y agente de desarrollo de la región a través de la promoción del libro, la lectura y el conocimiento, más allá de la mera producción académica. Y claro –reconoce Ramírez- todo este recorrido y esta labor de promocionar y circular los contenidos académicos y culturales, visibiliza la calidad institucional de cara al proceso de acreditación que cursa este año.
Así, el programa editorial de la Universidad del Valle se convierte en un agente de conocimiento y desarrollo, tal como Alejandro y Ptolomeo se propusieron hacer con la Biblioteca de Alejandría, 300 años antes de que Marco Antonio pensara que Cleopatra había caído rendida a sus pies, cuando en realidad se había rendido ante los libros. Lo otro vino después.
Visite la página del Programa Editorial Univalle:
http://programaeditorial.univalle.edu.co/
1(1) VALLEJO, Irene. “El Infinito en un Junco: la invención de los libros en el mundo antiguo”, editor digital Titivillus, 2019, pag. 8